domingo, 28 de octubre de 2012

Las Corridas de Toros, Fiesta o Tortura




Los toros son una de las tradiciones españolas más conocidas en todo el mundo y al mismo tiempo la más polémica.
Explicar en que consiste una corrida de toros es tarea ardua, ya que supone encorsetar a un espectáculo que es muy diferente a todos los demás y de otro lado porque como todo arte siempre es diferente. Sin embargo podemos considerar un rito y unas pautas que se repiten casi siempre, y éstas son las que vamos a describir:
En una corrida generalmente tres toreros lidian (torean) seis toros, de ellos dos cada torero. Los toreros realizarán su faena por orden de antigüedad, la cual viene dada por la fecha de su "alternativa" (especie de de licenciatura). Así al primer torero le tocará lidiar el primer toro, al segundo el segundo y al tercero el tercer toro, continuando el primer torero con el cuarto toro y así sucesivamente.

El comienzo de la corrida se abre con el paseíllo, especie de cortejo por el que desfilarán ante el público todos los que intervienen directamente en la misma. Abren este cortejo los dos alguacilillos que van a caballo, y atraviesan la plaza para dirigirse a la Presidencia y pedirle simbólicamente la llave de la" puerta de los toriles" (donde se guardan los toros). Detrás van los tres toreros, seguidos respectivamente por los miembros de sus cuadrillas, compuestas por tres banderilleros y dos picadores. Apareciendo al final del cortejo los mozos y mulas de arrastre (que son los encargados, una vez muerto el toro, de retirarlo de la plaza).

Cuando la llave ha sido entregada y el cortejo se ha retirado, se abre la puerta de toriles. El toro saldrá a la plaza, y con ello comienza la lidia. El torero mantendrá en todo momento un diálogo y una lucha con el animal, tratando de someterlo.

La corrida se divide en tres partes denominadas tercios que se marcan con un toque de clarín. En el primero de ellos el diestro torea con el capote. Con un toque de clarín se indica que salgan los dos picadores al ruedo, situándose cada uno de ellos en un extremo de la plaza, pero sólo uno ejecuta esta "suerte".

En el segundo tercio se ejecuta la "suerte de banderillas", en la que los "subalternos", "banderilleros" o "toreros de plata" como queramos denominarlos ponen al toro tres pares de banderillas.

En el último tercio el torero ejecutará la "suerte suprema", en la que toreará con la muleta en vez de con el capote para, al final, tomar la espada y matar al toro. Estos son los momentos más difíciles de toda su labor, pues en ellos debe conseguir que el toro le embista, y justo en medio de la embestida, aprovechar el momento para clavar su espada o estoque en el corazón del animal. Es cuestión de escasos segundos, y en ellos sólo debe concentrarse en acertar en un punto muy concreto cuando el toro en movimiento se lanza a su muleta. Es quizás aquí cuando el diestro expone más abiertamente su cuerpo ante el toro. Es a toda esta lucha a la que se ha considerado una obra de arte viva y efímera.

Si la faena del torero, así como el haberle dado muerte con una acertada estocada, ha transmitido al público todo ese cúmulo de sensaciones positivas, el público premia al torero. Los trofeos serán una o dos orejas del toro lidiado, y como máximo el rabo. El público solicita al presidente los trofeos moviendo simbólicamente los pañuelos, siendo el presidente de la plaza el que decidirá en última instancia, accediendo o no a las peticiones del público. El mayor honor para el torero tras una extraordinaria faena es el de salir del ruedo a hombros de la multitud. Todas las incidencias que pueden ocurrir a lo largo de una corrida, así como todo lo que a ésta rodea, está regulado por "El reglamento de espectáculos taurinos".

Orígenes e historia

El origen de las corridas de toros en España hunde sus raíces en la cultura grecolatina que es introducida en el proceso de romanización. El culto al toro como divinidad y su sacrificio ritual está constatado en las civilizaciones minoica y otras del mediterráneo oriental desde al menos la edad del bronce. Los romanos, que incorporan a su propia cultura los mitos y divinidades de su zona de influencia, comienzan la conquista de Hispania con su desembarco en Ampurias, en la actual Cataluña, en el contexto de las Guerras Púnicas. La romanización, que comienza en la Tarraconense y se extiende con los siglos a toda Hispania, instaura en la cultura local los juegos y luchas de fieras, en las que el toro era un animal de frecuente intervención, existiendo constancia de luchas contra osos, leones y por supuesto seres humanos.

Durante la ocupación visigoda y en los primeros tiempos del califato omeya, hay cierta oscuridad sobre espectáculos taurinos, aunque la persistencia de los mismos en etapas posteriores dan idea de que la arraigada costumbre pervivió intacta a través del tiempo.

Hay noticias documentadas sobre fiestas de toros en Cuéllar (Segovia) en el año 1215, año en el que su obispo decretó "que ningún clérigo juegue a los dados ni asista a juegos de toros, y sea suspendido si lo hiciera". En el mismo siglo Alfonso X El Sabio prohibió que dichos juegos se celebrasen por dinero, lo cual apunta a la existencia de una "profesionalidad" incipiente entre los dedicados a lidiar reses bravas. Y es que recorrían los pueblos de España los llamados «matatoros» o «toreadores», divirtiendo al público (y cobrando por ello) mediante la práctica del toreo a pie de forma más o menos rudimentaria (sorteando o recortando a los toros, dándoles lanzadas o saltos, etc.). Además, estaban los pajes que, como parte de su servicio, ayudaban a los caballeros a lancear o rejonear a caballo, realizando los quites cuando fuera necesario. Igualmente en el reino nazarí de Granada también se documentan ciertos "juegos de fieras" en la que es probable que participaran toros.

Ya en el renacimiento, en 1542 la ciudad de Barcelona homenajea al príncipe Felipe, futuro Felipe II de España, con "luminarias, danzas, máscaras y juegos de toros". Miguel de Cervantes deja constancia de la cría de reses bravas para estas fiestas en el incidente que sufre Don Quijote de la Mancha quien grita a quien los transporta "¡Ea, canalla, para mí no hay toros que valgan, aunque sean de los más bravos que cría Jarama en sus riberas!", apuntando la existencia de explotaciones ganaderas de intrínseca finalidad taurina.

La prohibición de torear a caballo que en 1723 Felipe V impuso a sus cortesanos, acarreó que los modestos matatoros y los pajes empezaron a torear por su cuenta en las ciudades más importantes y a desatar el entusiasmo del gran público.

Siglo XVIII

Aunque la lidia de toros se practica desde muy antiguo, en la segunda mitad del siglo XVIII se produjeron en España una serie de novedades en su práctica que dio lugar a las corridas de toros en su sentido moderno:


  •     El toreo a pie sustituye al de a caballo.

  •     Los protagonistas ya no son caballeros pertenecientes a clases altas, sino gente del pueblo que se profesionaliza y cobra por su actuación.

  •     Nacen las ganaderías bravas y se comienza a seleccionar los toros para la lidia, frente a la situación anterior de mera espontaneidad.

  •     Se construyen las primeras plazas de toros como edificios permanentes destinados al festejo.

  •     Se escriben las primeras tauromaquias, que fijan la técnica y las normas y van definiendo el arte de torear.


Existieron dos corrientes regionales de cuya combinación surgió el toreo a pie: el ámbito vasconavarro y el andaluz. La tauromaquia vasconavarra se basaba en los saltos, en los recortes y en las banderillas, sin mayor sofisticación, mientras que la andaluza se desarrollaba con lienzos y capas para engañar a los toros. Durante algunas décadas ambos estilos se disputaron la primacía del público, saliendo victorioso el modelo andaluz. De la tauromaquia vasconavarra dejó constancia gráfica Francisco de Goya, que presenció los saltos de garrocha de Martincho, del licenciado de Falces o de Juanito Apiñani en las plazas de Zaragoza y de Madrid. La actual suerte de banderillas es el único legado que ha perdurado de aquel toreo navarro en las corridas de toros, si bien siguen muy vivos los espectáculos de saltos y recortadores en festejos populares.

Con diversas variaciones, se van estableciendo a lo largo del siglo XVIII todos los elementos de las corridas modernas. Se considera al rondeño Francisco Romero el padre del toreo moderno. Romero, fundador de una célebre dinastía, había tomado parte en las últimas corridas caballerescas. Inventó la muleta, dividió la lidia en tres tercios (suerte de varas, suerte de banderillas y suerte suprema) y subordinó la cuadrilla a las exigencias del diestro. Sin embargo, será su hijo Juan Romero y sobre todo Pedro Romero, Pepe-Hillo y Costillares, las primeras figuras conocidas, quienes ya en la década de los setenta del siglo XVIII impongan de forma definitiva su visión del toreo frente a la tradición navarra, muy semejante ya a la actual.

Una vez decantado el toreo en favor de la idea andaluza, surge una nueva disputa entre toreros andaluces a finales del siglo XVIII: los partidarios del estilo rondeño y los del sevillano. Ambos se basaban en el toreo con capa, pero discrepaban en la finalidad de la lidia: para los rondeños lo fundamental era la estocada, por lo que todo se supeditaba a la preparación de la muerte del toro. Cuantos menos capotazos mejor, para no agotar al toro y poderlo matar recibiendo. En cambio, los sevillanos consideraban que lo importante era lucirse con la capa, mientras que la muerte era solo una forma de poner fin a la faena cuando el toro ya estaba agotado. Costillares inventó la verónica y el matar a volapié. También logró supeditar la labor de los picadores a las necesidades de la lidia a pie.

Siglo XIX

Este primer periodo triunfal de la fiesta llega a su fin con la Guerra de la Independencia Española. Tras la guerra, retiradas o desaparecidas las grandes figuras anteriores, tiene lugar un periodo de decadencia de la fiesta. Pero en la década de 1830 aparece otra gran figura del toreo, "Paquiro", conocido como el «napoleón de los toreros», quien une a la escuela rondeña y sevillana y demuestra que ambas son compatibles, es decir, que efectividad y brillantez pueden aunarse en la lidia. Le siguen "Cúchares", "Lagartijo" y "Frascuelo", quienes dieron a la corrida la estructura definitiva que se mantiene hasta el presente. Rafael Guerra "Guerrita", que se inició en la cuadrilla de Lagartijo, le sucedió como gran figura y dominó absolutamente la fiesta de los toros durante la última década del siglo XIX.

Siglo XX

Tras el dominio de Guerrita, retirado en 1899, se abrió un periodo de transición durante la primera década del siglo XX, con nombres tales como el mexicano Rodolfo Gaona, Rafael González "Machaquito" o Ricardo Torres "Bombita". Dieron paso a la llamada «época dorada» del toreo, que se extendió durante la década de 1910 a 1920 y que tuvo como máximas figuras a Juan Belmonte y a José Gómez "Joselito". Son unánimemente considerados los dos diestros más importantes del toreo moderno: Belmonte, como el creador de la estética moderna («parar, templar y mandar») y Joselito como el torero total, dominador de todas las suertes y de todos los aspectos de la tauromaquia, que aglutinó lo mejor del toreo antiguo y anunció la técnica que habría de imponerse en el futuro.

Posteriormente a la Guerra Civil Española se produce un potente resurgimiento del mundo taurino, especialmente gracias a la figura de Manolete, para muchos el más vertical de los toreros en la historia. De este auge siguen figuras como Luis Miguel Dominguín, el mexicano Carlos Arruza, Pepe Luis Vázquez, Antonio Bienvenida, Pepín Martín Vázquez, Miguel Báez "El Litri", Julio Aparicio y Agustín Parra "Parrita". Si bien esta época se cierra con el fallecimiento de Manolete en la tragedia de Linares, surge entonces otra famosa rivalidad taurina que apasiona al mundo taurino, la de Dominguín y Antonio Ordóñez.

Ya en los años cincuenta se alza la figura de particular elegancia del venezolano César Girón, quien lidera en dos ocasiones (1954 y 1956) el escalafón taurino en España, hazaña que repetiría su hermano Curro en 1959 y 1961. Destacan en los años sesenta, además del mencionado Curro Girón, toreros como Paco Camino, Santiago Martín "El Viti" y Diego Puerta, además de la sensación que causó el surgimiento del poco ortodoxo y revolucionario pero muy triunfador Manuel Benítez "El Cordobés". Las décadas de los setenta y ochenta son las de mayor expansión comercial del mundo de los toros, llegando a haber corrida incluso en el Astrodome de Houston con la participación de El Cordobés. Las grandes figuras de esta época son: Manolo Martínez, Eloy Cavazos,José Mari Manzanares, Pedro Gutiérrez Moya "El Niño de la Capea", Dámaso González, Francisco Rivera "Paquirri", Antoñete, Francisco Ruiz Miguel y Juan Antonio Ruiz "Espartaco", líder de la estadística en forma consecutiva desde 1985 hasta 1991.

Siglo XXI

Las nuevas figuras del toreo, algunas de ellas triunfadoras ya desde la década de 1990, presentan gran diversidad en su estilo y proyección: personalidades tan particulares y de técnica tan depurada como César Rincón, colombiano que abrió 5 veces la puerta grande de Madrid, Enrique Ponce, Julián López "El Juli", Manuel Jesús "El Cid", Cayetano Rivera Ordóñez, Sebastián Castella, Miguel Ángel Perera, Morante de la Puebla, El Fandi, José María Manzanares, Héctor Rivera ''Reus'' o José Tomás, quién el 5 de junio de 2008 batió un récord de 36 años en la plaza de Las Ventas, al cortar las cuatro orejas de sus dos toros en una misma tarde,1 han llevado el toreo al siglo XXI.

Lidia a pie

El tipo de corrida más extendido actualmente, la corrida española, tiene como fin principal llevar el toro a muerte (en Portugal el espectáculo termina con la suerte de muleta) mediante la presentación de diversos lances de estilo coreográfico que el encargado de la lidia (torero, rejoneador) induce al toro de manera que parezca coordinada y permitan el lucimiento del mismo. Para este fin se ocasiona al astado pinchazos con instrumentos que varían en longitud y se distinguen por la intención de los mismos (las banderillas, además de ocasionar el sangrado en el toro, adquieren valor en cuanto adornos; las varas de pica, con una punta reglamentaria de 6 a 8 cm, se utilizan para dosificar la fuerza del toro y medir su bravura).

Si bien la corrida culmina casi siempre con la muerte del toro, que se causa con un estoque de dos, tres o hasta cuatro canales, que reglamentariamente tiene que ser menor de 80 cm y que el matador intenta clavar entre los omóplatos del toro para llegar al corazón y que la muerte sea instantánea. Habitualmente no se consigue a la primera, al necesitarse mucha precisión. Si no se consigue en dos o tres veces, se toma un estoque con un tope cerca de la punta y se clava entre las cervicales del toro, con el fin de cortar la médula espinal («descabello»). Si el toro cae pero no muere, un mozo le da la puntilla, con un puñal corto, del mismo modo que en el descabello. En ocasiones, donde el reglamento de la plaza lo permite y a petición del torero o el público, antes de dar muerte al toro, en casos de bravura y porte particularmente distintivos, el presidente de la corrida puede conceder el indulto del toro, en cuyo caso no se lo mata sino que se devuelve a los corrales para que regrese al campo como semental.

Por lo general en un evento taurino se lidian seis toros  por parte de tres matadores, aunque también se ofrecen eventos con dos matadores (llamados "mano a mano") eventos con cuatro, eventos de seis matadores o encierros con uno sólo matador. En el siglo XIX, las corridas podían tener muchos más matadores y toros.

Lidia a caballo

Conocida también como corrida de rejones o rejoneadores. Se divide en los mismos tercios que la faena a pie, si bien la suerte de capote se sustituye por corridas del rejoneador frente a toros, de igual forma para medir su fuerza. Las banderillas las coloca el rejoneador desde el caballo, utilizando el rejón de muerte de esta misma forma. Además se colocan los rejones, adornados con diversas divisas y colores. Una vez muerto el toro, el público expresa su opinión sobre la faena, agitando en el aire un pañuelo blanco si ha sido de su agrado o "pitando" (emitiendo silbidos) en caso contrario. A petición del torero, antes de dar muerte al toro, y sólo en casos de extraordinaria bravura, porte y trapío, el presidente de la corrida puede conceder el indulto del toro, en cuyo caso no se mata al toro sino que se devuelve a los corrales para que regrese al campo como semental. Para el indulto se tiene muy en cuenta las veces que el toro asistió al caballo de picar. Una vez muerto el toro, este es arrastrado por unas mulas (el llamado "tiro de mulillas") hasta el desolladero.

El toro

El uro, antepasado del actual ganado vacuno, desapareció de su último reducto en los bosques de Europa central en el siglo XVII. Los partidarios de la tauromaquia arguyen que, debido a la cría selectiva de toros de lidia, el toro salvaje español ha sobrevivido durante los últimos trescientos años. La principal diferencia entre un toro salvaje y uno doméstico es la manera de reaccionar cuando se ve amenazado. El toro bravo de origen español seguirá atacando sin cesar mientras algo o alguien se mueva en frente de él.

Sin embargo, la consideración del toro de lidia como una raza es controvertida: libros especializados y ecologistas cuestionan que se pueda dar al toro de lidia el estatus de raza debido a que las características que se conservan por selección varían de unas ganaderías a otras; además, las crías de toros bravos no nacen necesariamente bravas, ni los toros bravos tienen por qué tener progenitores bravos. Aún siendo una raza, el Gobierno de España descartó que esté en peligro de extinción si se prohíben las corridas de toros, ya que cada año se utilizan un número muy escaso en espectáculos taurinos

La bravura es la esencia misma de la tauromaquia, razón por la que los ganaderos españoles tratan de mejorarla constantemente. Los toros llevan una existencia placentera durante cuatro años hasta el momento decisivo en el que se ven empujados hacia la arena. Aunque antes de saltar a la arena el toro bravo nunca ha visto un matador ni un capote, su instinto lo lleva a embestir el trapo que se mueve, sea del color que sea.

Los toros son capaces de matar hasta en sus últimos momentos. En los años 80, el matador de veintiún años conocido por el nombre artístico de Yiyo, tras dar la estocada, fue embestido por el toro y con uno de sus cuernos perforó mortalmente el corazón del desventurado torero.

Críticas a las corridas de toros

Las corridas de toros están prohibidas en muchos países. Este evento crea controversia en muchas partes del mundo, incluida España. Barcelona se declaró ciudad antitaurina en una declaración institucional aprobada por el pleno del Ayuntamiento de esa ciudad el 6 de abril de 2004, tras una petición popular con más de 245 mil firmas recogidas en todo el mundo.

La declaración, sin efectos prácticos, ya que la competencia para prohibir las corridas de toros, en Cataluña, corresponde exclusivamente a la Generalitat, se aprobó en votación secreta con 21 votos a favor, 15 en contra y dos en blanco. Barcelona se convirtió así en la primera gran ciudad española que se ha declarado antitaurina. Solamente poblaciones pequeñas como Coslada, en Madrid, han adoptado declaraciones de este tipo desde que Tossa de Mar (Gerona) promovió por primera vez esta iniciativa en 1989.

Las reacciones a las corridas de toros son variadas. Muchas personas las consideran repulsivas, mientras que otras quedan fascinadas por ellas. Como menciona la Encyclopedia Britannica:

“Casi todos los toreros son corneados con variado grado de seriedad por lo menos una vez por temporada. Belmonte (uno de los toreros más famosos de los años 20) fue corneado más de 50 veces. De los aproximadamente 125 toreros principales (desde 1700), 42 murieron en la arena; esto no incluye a los toreros principiantes o a los  banderilleros o los picadores que han sido muertos”.

A pesar de esto, más de 3 mil toros son muertos ritualmente en las plazas de toros de España durante la temporada, y docenas de toreros arriesgan su vida varias veces por semana.

CONTROVERSIA: Las críticas a las corridas de toros no son algo nuevo. Desde su mismo nacimiento como “espectáculo” moderno, en el siglo 18, las corridas de toros han sufrido críticas, prohibiciones y han tenido que sortear numerosas dificultades. La nueva dinastía llegada a España (los Borbones), y en general la aristocracia  afrancesada, despreciaba estos espectáculos por considerarlos indignos y propios del populacho, por lo que Felipe V prohibió su ejercicio a sus cortesanos (1723). Fernando VI sólo consintió las corridas a cambio de que sus beneficios se destinasen a obras de caridad, como sufragar hospitales y hospicios. De esta época son las primeras plazas de toros construidas como edificios permanentes, como la de Madrid o la de Zaragoza.

Algunos intelectuales ilustrados, como Jovellanos, también criticaban estos espectáculos por considerarlos poco didácticos y una muestra del atraso español. Hasta que Carlos III, influido por el conde de Aranda, prohibió las corridas de toros en 1771. El pueblo, sin embargo, hizo caso omiso, y siguió entregándose con entusiasmo a las nuevas figuras del toreo, que Francisco de Goya recogió en su serie de grabados sobre tauromaquia. Todos los gobernantes posteriores intentaron prohibir las corridas: Carlos IV volvió a hacerlo en 1805.

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