sábado, 22 de septiembre de 2012

Batalla de Flores de Laredo - Cantabria


La “Batalla de Flores” es la fiesta popular más importante de Laredo (Cantabria). Se celebra el último viernes de Agosto desde el año 1908, y está declarada de “Interés Turístico Nacional”. Es una fiesta, que desde sus orígenes, ha destacado por su brillante combinación de motivos lúdicos y artísticos.
Vista panoramica de Laredo



Miles de visitantes asisten al desfile de carrozas, cuyos armazones se adornan con flores y pétalos naturales, formando motivos alegóricos. Durante todo el día se organizan mercadillos callejeros y las charangas recorren la ciudad. El día termina con un espectáculo de fuegos artificiales desplegado sobre la bahía de Laredo.

Una fiesta centenaria

 Localidad costera y turística que antaño fue importante puerto pesquero del Cantábrico, dotada de una extensa playa de arena, la imagen de Laredo se halla indefectiblemente unida a la Batalla de Flores. Fechada a finales de agosto, su celebración marca simbólicamente el fin de la temporada turística, constituyendo así mismo el colofón del período estival al alcanzar su clímax la ingente presencia de turistas, que llegan a multiplicar por diez la población del municipio.

 Pese a que el evento se condensa en un solo día, el de la celebración del desfile, la preparación de la Batalla de Flores se prolonga durante meses. Si el acondicionamiento de los campos para las flores, la plantación de éstas, su cuidado y recogida se inicia a comienzos del invierno y se extiende a lo largo de la primavera hasta la víspera de la fiesta, el proceso de diseño, concepción, elaboración y rematado de las carrozas se desarrolla durante todo el verano, hasta el mismo momento del inicio del desfile.

 Proceso que alcanza su culminación durante la noche mágica, expresión con que se conoce la víspera de la fiesta. Durante ese día y a lo largo de toda la noche, hasta el mismo momento de entrar en el circuito, las cuadrillas de carrocistas se afanan por culminar sus alegorías, ensamblando las figuras y cubriendo todo el conjunto con miles de flores y pétalos, en una auténtica carrera contra el reloj.

 Así, el viernes, cada año, el milagro se repite, y a la llamada de los cohetes entre una y dos docenas de coloristas carrozas completamente cubiertas de flores naturales entran en un circuito rodeado por una masa de espectadores que, literalmente, ocupan el pueblo. Visitantes que acuden desde localidades de toda la región y desde provincias de toda la geografía nacional para disfrutar de un evento eminentemente artístico.

Las carrozas

 Corazón y razón de ser de la Batalla, las carrozas, aunque conservando su concepto original, han experimentado una evidente evolución desde los comienzos de la fiesta: estilística, volumétrica, técnica, material… Los simples objetos decorados sobre pequeñas plataformas móviles arrastradas por animales de las primeras ediciones dieron paso, en los años anteriores a la Guerra Civil, a composiciones alegóricas de mayor volumen, complejidad y ornamentación floral.

 Tras la contienda, y en el opresivo ambiente moral y cultural de posguerra, la Batalla perdió parte de su carácter festivo, laico y carnavalesco, compensado por un mayor esfuerzo artístico a la hora de diseñar, confeccionar y rematar las carrozas. El incremento en el tamaño y la complejidad de las creaciones redundará en un descenso en el número de alegorías presentes en el desfile, ganando éstas en grandeza y majestuosidad.

 Evolución que se verá potenciada por el progreso experimentado en herramientas y materiales constructivos. La introducción, en los años 70, del corcho sintético en sustitución de madera y escayola, posibilitará la confección de figuras mucho más grandes y complejas, constituyendo auténticas esculturas cubiertas de flores.

 Como culminación de ese proceso evolutivo, las décadas finales del siglo XX fueron testigo de las más grandiosas, innovadoras y a la vez delicadas creaciones de la Batalla, derivando en duras pugnas por el podio, difícil y polémicamente resueltas por los jurados.

 Los comienzos del presente siglo, en los que a la actividad de los carrocistas veteranos ha venido a sumarse savia nueva, constituyen una fase de transición en la que se están planteando los caminos por los que habrá de transitar una fiesta siempre en evolución pero siempre fiel a sí misma.

 Según el actual reglamento las medidas de las carrozas deben ser las siguientes: entre 6 y 8,50 metros de largo, entre 3,50 y 5 metros de ancho y entre 5 y 7 metros de largo.

Las flores

 Factor fundamental y elemento distintivo de la Batalla, las flores deben cubrir la mayor parte de la superficie de las carrozas, siendo la técnica de "clavado" y la armonía en la disposición de los colores elementos importantes en la valoración final de las alegorías. Originalmente usadas margaritas y crisantemos, se utilizan en la actualidad dalias, claveles y clavelones chinos, a los que recientemente se ha añadido la margarita teñida.

 La ardua preparación de las flores comienza en los meses de noviembre y diciembre, cuando se extraen los bulbos de la dalia y se clasifican. Después, en marzo y abril, se preparan los ramilleros del clavelón para transplantarlos en junio, mientras que en mayo se plantan los bulbos de las dalias. A continuación, y a lo largo de todo el verano, se efectúan el “sayo” y el “resayo” de las flores y su constante regado, hasta su recolección en la semana de celebración de la Batalla.

 En primer lugar se recoge la hoja del magnolio, unos días antes de la fiesta; a continuación la flor del magnolio, finalizando con la dalia.

 Una vez recogidas y clasificadas por colores, y a lo largo de toda la noche del jueves, docenas de personas se encargan, en cada carroza, de fijarlas a las figuras. Originalmente pegadas con pez, ahora se sujetan con clavos y palillos de madera. Los pétalos, reservados para elementos delicados, se pegan con una cola expresamente fabricada a base de harina y agua.

Los carrocistas

 Durante generaciones cientos, incluso miles, habrán sido las personas implicadas en su elaboración. Cada carroza presentada en el desfile ha contado con el esfuerzo de grupos de decenas de colaboradores. Habitualmente esas cuadrillas se articulan alrededor de un núcleo principal, el cual mantiene viva la labor de un año para otro. Este círculo íntimo es, estrictamente hablando, el de los carrocistas. Son los que conciben, diseñan y dirigen la ejecución de las carrozas, cuidando de que la flor esté preparada para el día grande, convirtiéndose en el alma de cada grupo y en el motor vivo de la Batalla. Simples artesanos erigidos en auténticos artistas.

El día de la Batalla

 La fiesta arranca sus prolegómenos la víspera del viernes. A lo largo de la "noche mágica" las cuadrillas se afanan por montar, rematar y engalanar las carrozas, mientras cientos de personas desfilan por la villa para ver como las alegorías toman forma a la luz de los focos, creando una atmósfera realmente mágica.

 A la mañana siguiente, el viernes arranca con la apertura de un mercadillo –instalado desde el día anterior en la Avenida José Antonio-, inundándose el pueblo con la música de bandas, peñas y charangas. Por la tarde, a las cinco y media, un estallido de pólvora anuncia el comienzo del desfile. Las carrozas penetran en el circuito –alrededor de la Alameda Miramar-, arrastradas y empujadas por las mismas personas que han pasado toda la noche rematándolas. Les acompañan a lo largo de las tres vueltas que dura el desfile, carros de caballos engalanados, peñas, bandas de música y grupos de danzantes, entre un mar de serpentinas y confetis lanzados por el numeroso público que colapsa las avenidas circundantes. El evento finaliza con la entrega de premios y la colocación de las carrozas en un recinto vallado para su exposición durante los siguientes días.

Historia

 A lo largo de sus cien años de vida, la Batalla de Flores ha experimentado una evidente evolución, pero siempre conservando sus señas de identidad: la centralidad del desfile de carrozas y la flor como elemento distintivo. Iniciada en 1908, su celebración sólo fue suspendida durante la Guerra Civil (1936-1939), trágico evento que marcó un corte en su desarrollo: la fiesta laica, burguesa y un tanto carnavalesca del primer tercio del siglo XX perdió su carácter provocador y algo erótico en la atmósfera nacional-católica de posguerra; mengua que potenciará, sin embargo, el lado más artístico de la gala, participando carrozas de tamaño y complejidad creciente. Recuperado todo su esplendor y atractivo, la Batalla se expandirán a partir de los años 1960 impulsada por el boom del turismo de masas, que elegirá Laredo como uno de sus destinos preferente en la costa cantábrica.

 Orígenes

 A comienzos del siglo XX la celebración de Batallas de Flores se había popularizado en Europa, especialmente en los países mediterráneos. En España fueron habituales en el Levante (Murcia), pero también en el Cantábrico (Santander, Bilbao). Sin embargo dos factores vinieron a singularizar la Batalla de Laredo: su origen marítimo y su longevidad. En efecto, fue en el entonces pequeño puerto pesquero donde arraigaría con más fuerza la fiesta, siendo la única con vida continuada desde sus comienzos, en 1908, hasta la actualidad, hecho significativo por no ser una región climatológicamente favorable para el cultivo de flores ornamentales.

 Aquella primera edición, además, se celebró en la bahía, y no en tierra, integrando el desfile las engalanadas traineras de la Cofradía de Pescadores, antecedente de las futuras carrozas. La razón de tal originalidad: que la manifestación se organizó con motivo de una visita del rey Alfonso XIII al vecino pueblo de Santoña, donde los representantes de los Cabildos de los puertos de la bahía (Laredo, Colindres y Santoña) fueron recibidos por el monarca, para que expusieran sus quejas por los perjuicios que la pesca de arrastre efectuada por los grandes buques acarreaba a los pequeños pescadores. Exhibición festiva al tiempo que reivindicativa, fue, por tanto, aquella primera edición de una fiesta destinada a perdurar.

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